El empresario Marco Santelices, plantea que la forma en que un emprendedor se presenta y trabaja puede influir en la percepción del cliente; los principios internacionales de gestión de calidad también colocan la satisfacción y las expectativas del consumidor en el centro de la operación empresarial.

Tijuana, Baja California, 28 de agosto de 2026.— Para Marco Antonio Moreno Gómez Santelices (Marco Santelices), el profesionalismo de un negocio comienza antes de la venta. También se expresa en la manera en que una persona se presenta, trabaja, atiende a sus clientes y se relaciona con el producto o servicio que ofrece.
En un reel compartido en sus redes sociales, el empresario aborda esta idea mediante lo que denomina “la regla del espejo”: una reflexión que parte de la imagen personal para trasladarla al terreno empresarial. Su planteamiento es que la actitud con la que un emprendedor enfrenta su actividad cotidiana puede terminar reflejándose en la experiencia que recibe el cliente.
“Siempre ponte la camiseta del profesionalismo, el saco de la calidad”, señala Santelices en el video, en el que relaciona profesionalismo, entusiasmo, dedicación y calidad como elementos que deben formar parte de la operación cotidiana de un negocio.
La idea adquiere una dimensión empresarial cuando se separa de la apariencia personal y se lleva a los procesos. La calidad no depende únicamente de cómo se presenta quien vende, sino de la capacidad de una empresa para entregar de manera consistente aquello que promete.
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La “regla del espejo” aplicada al negocio
La reflexión de Marco Santelices comienza con una escena cotidiana. Al levantarse, cambiarse y mirarse al espejo, explica que busca verse preparado para enfrentar el día.
“Me veo bien, me veo en el espejo y digo: estoy listo para triunfar”, relata.
La frase funciona en su discurso como una metáfora del estado mental con el que una persona entra a trabajar. Para Santelices, la disposición personal no debería terminar frente al espejo, sino trasladarse al negocio: cuidar lo que se hace, trabajar con entusiasmo y prestar atención a la calidad que requiere cada actividad.
Su argumento no sugiere que una buena presentación sea suficiente para garantizar resultados. La reflexión apunta a una relación más amplia entre actitud, ejecución y percepción del cliente:
Si tú te gustas, si haces algo con cariño, si haces algo con entusiasmo, lo aplicas con la calidad, la dedicación que requieren cierto tipo de negocios, tú lo vas a reflejar en tus clientes.
Una empresa puede tener una identidad visual cuidada, instalaciones atractivas o personal bien presentado y, aun así, ofrecer una experiencia deficiente. El profesionalismo empresarial se vuelve tangible cuando la imagen que proyecta la organización coincide con la calidad de aquello que entrega.
Ese principio tiene un respaldo más amplio en la gestión de calidad. La Organización Internacional de Normalización (ISO) identifica el enfoque al cliente como uno de los principios fundamentales de la gestión de calidad y señala que comprender las necesidades actuales y futuras de los clientes contribuye a generar confianza, satisfacción y relaciones sostenibles.
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Del entusiasmo a los procesos
La parte más interesante de la reflexión de Santelices aparece cuando la conversación deja de estar relacionada exclusivamente con la imagen personal.
El empresario habla de ponerse “la camiseta del profesionalismo”, pero también del “saco de la calidad”. La metáfora permite trasladar una actitud individual a una pregunta empresarial mucho más concreta:
¿Cómo se convierte el profesionalismo en una práctica que pueda reconocer el cliente?
La respuesta requiere procesos.
Una empresa profesional necesita que la calidad no dependa exclusivamente del estado de ánimo de una persona o de la voluntad del propietario. Debe existir cierta consistencia en la manera de atender, producir, entregar, resolver problemas y responder ante las expectativas del consumidor.
ISO plantea precisamente esa relación entre calidad y procesos. Sus principios de gestión de calidad incluyen un enfoque basado en procesos, la toma de decisiones sustentada en evidencia y la mejora continua. La organización sostiene que estos elementos ayudan a generar resultados más consistentes y a fortalecer la satisfacción del cliente.
La reflexión de Marco Santelices puede leerse como una invitación a pasar de la actitud individual a la cultura organizacional.
El emprendedor puede comenzar con entusiasmo y cuidado personal, pero conforme el negocio crece necesita convertir esos principios en procedimientos que otras personas puedan reproducir.
Ahí comienza una de las diferencias entre hacer bien un trabajo y construir una empresa capaz de hacerlo bien de manera sostenida.
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La calidad también se percibe en la experiencia
Cuando un cliente entra en contacto con una empresa, no evalúa únicamente el producto final.
También puede percibir la claridad de la información, la atención recibida, el cumplimiento de los tiempos, la disposición para resolver dudas, la presentación del servicio y la respuesta ante una eventual inconformidad.
No todos estos factores tienen el mismo peso en cada industria, pero juntos forman parte de la experiencia que rodea una compra.
Hubspot aconseja que la orientación al cliente implica comprender sus necesidades y expectativas y utilizar esa información para mejorar productos, servicios y procesos. La plataforma también relaciona la consistencia en la aplicación de principios de calidad con la confianza del cliente.
Esta perspectiva permite ampliar la idea expresada por Santelices. El profesionalismo no consiste solamente en parecer profesional. Consiste en hacer que la promesa de la empresa sea reconocible en la experiencia del consumidor.
Por eso, una buena presentación puede ser el primer contacto, pero no puede sustituir la calidad.
Un negocio puede atraer a una persona mediante una imagen cuidada, pero será la experiencia completa la que determine si esa persona encuentra razones para regresar.
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La reputación se construye en cada contacto
La relación entre calidad y reputación también aparece en los principios de gestión de calidad.
Harvard Business Review señala que una orientación sostenida hacia el cliente puede contribuir a fortalecer la confianza, la lealtad y la reputación de una organización.
Eso ayuda a explicar por qué la frase de Santelices sobre “reflejar” la calidad tiene una dimensión que va más allá de la presentación personal.
La empresa está enviando señales constantemente.
Una respuesta tardía comunica algo. Un espacio descuidado comunica algo. Un producto que no corresponde con lo ofrecido comunica algo. La capacidad de resolver una queja también comunica algo.
La reputación empresarial no se construye únicamente mediante campañas de comunicación. También se forma a partir de experiencias repetidas.
Por eso la calidad necesita consistencia.
Si una empresa ofrece una experiencia sobresaliente una vez y después no puede repetirla, el problema deja de ser solamente operativo. Puede convertirse en una diferencia entre la expectativa generada y la experiencia recibida.
La gestión de calidad contempla precisamente mecanismos para observar y medir la satisfacción del cliente. La norma ISO 10004:2018 establece directrices para definir e implementar procesos destinados a monitorear y medir esa satisfacción.
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Profesionalismo no significa perfección
Hay otra lectura posible de la reflexión de Marco Santelices: profesionalizar un negocio no significa que nunca existan errores.
En cualquier operación pueden presentarse fallas, retrasos, reclamaciones o situaciones que requieren corrección. La diferencia puede estar en la forma en que la empresa responde ante ellas.
La gestión de calidad incorpora la mejora continua como uno de sus principios. La lógica no consiste en asumir que una organización ya alcanzó una calidad perfecta, sino en establecer mecanismos para detectar problemas, aprender de ellos y mejorar los procesos.
De ahí que el “saco de la calidad” del que habla Santelices, puede interpretarse como una responsabilidad cotidiana: cuidar el trabajo incluso cuando nadie está observando directamente.
El profesionalismo se vuelve menos una cuestión de apariencia y más una forma de operar.
Esto resulta especialmente relevante para los negocios pequeños, donde muchas veces la identidad del propietario está estrechamente vinculada con la empresa. El cliente puede asociar directamente la experiencia de compra con la persona que dirige el establecimiento.
Conforme la organización crece, esa relación cambia.
La empresa necesita transmitir sus estándares a empleados, colaboradores, proveedores y otros participantes de la operación.
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Cuando el negocio crece, la actitud debe convertirse en cultura
Un emprendedor puede supervisar personalmente buena parte de lo que ocurre cuando tiene una operación pequeña.
Puede revisar cada pedido, responder directamente a los clientes, conocer a sus proveedores y detectar personalmente los problemas.
Pero una empresa que crece necesita mecanismos para mantener estándares sin que todo dependa de una sola persona.
Ese tránsito convierte el profesionalismo individual en una cuestión de cultura empresarial.
McKinsey & Company señala que la participación y el compromiso de las personas son elementos relevantes para desarrollar una cultura de calidad, mientras que el liderazgo ayuda a establecer una dirección común y a alinear los recursos de la organización.
La idea tiene una consecuencia práctica para cualquier emprendedor: si la calidad solo existe cuando el dueño está presente, todavía no forma parte completamente de la empresa.
Para que se convierta en una característica del negocio, debe poder transmitirse.
Esto puede implicar capacitación, procedimientos, criterios de atención, mecanismos de seguimiento y formas de medir resultados. No todas las empresas necesitan implementar un sistema formal de gestión de calidad, pero cualquier organización puede establecer criterios claros sobre lo que considera un trabajo bien realizado.

La experiencia del cliente como indicador
El mensaje de Marco Santelices también propone una pregunta sencilla para quienes dirigen una empresa.
“¿Qué percibe el cliente cuando entra en contacto con el negocio?”
No se trata únicamente de preguntar si el producto se vende.
También puede ser útil observar qué ocurre antes, durante y después de la venta.
¿La información es clara?
¿El cliente recibe lo que esperaba?
¿Se cumplen los tiempos ofrecidos?
¿El personal conoce el producto?
¿Existe una forma de recibir comentarios?
¿Las reclamaciones se atienden?
¿Los errores generan cambios en los procesos?
Estas preguntas llevan la reflexión hacia un terreno medible.
ISO 10004 establece precisamente que la satisfacción del cliente puede ser monitoreada y medida mediante procesos definidos. La lógica es importante porque transforma una percepción subjetiva en información que puede utilizarse para mejorar.
Para un emprendedor, escuchar al cliente puede convertirse así en una fuente de información empresarial.
Una queja no necesariamente representa únicamente un problema. También puede revelar una falla que otros consumidores todavía no han expresado.
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El profesionalismo como disciplina cotidiana
En sus contenidos empresariales, Marco Santelices ha abordado anteriormente asuntos relacionados con liderazgo, valor empresarial y toma de decisiones. Su sitio también ha desarrollado reflexiones sobre la relación entre reputación, cumplimiento y actividad empresarial.
El nuevo mensaje sobre profesionalismo sigue esa línea: plantea que la forma de trabajar termina formando parte de la identidad del negocio.
Para Marco Antonio Moreno Gómez Santelices, la imagen personal sirve como punto de partida de una reflexión que después traslada a la empresa:
En tu negocio como en tu vida, siempre te pongas la camiseta del profesionalismo, el saco de la calidad y te peines con todo el entusiasmo, la alegría y el cariño que le dedicarías a tu persona pero tu negocio.
La frase tiene un componente motivacional evidente, pero también puede leerse desde una perspectiva de gestión: el empresario está planteando que el cuidado que una persona pone en sí misma debería trasladarse al producto, al servicio y a la relación con sus clientes.
La idea resulta particularmente útil cuando se evita confundir apariencia con calidad.
Un negocio profesional no es necesariamente el que se ve más sofisticado. Es aquel capaz de mantener una relación coherente entre lo que promete y lo que entrega.
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Calidad, clientes y crecimiento empresarial
La calidad también tiene una relación con el crecimiento.
ISO también señala que una gestión de calidad centrada en el cliente puede contribuir a mejorar la satisfacción, fortalecer la lealtad y ampliar la base de clientes.
Eso no significa que la calidad, por sí sola, garantice el éxito comercial. El desempeño de una empresa depende de múltiples factores: mercado, costos, financiamiento, competencia, regulación, talento, capacidad operativa y decisiones de dirección.
Pero sí permite establecer una premisa más concreta: una empresa que entiende las expectativas de sus clientes y trabaja de forma sistemática para cumplirlas tiene mejores herramientas para construir relaciones comerciales sostenibles.
La reflexión de Santelices adquiere entonces una dimensión que supera el mensaje motivacional del reel.
“Ponerse la camiseta” puede ser una metáfora sencilla, pero llevarla a la operación significa cuidar cada interacción que forma parte de la experiencia del cliente.
En una empresa pequeña puede comenzar con la presentación personal del emprendedor. En una organización más grande, tendrá que traducirse en procesos, capacitación, estándares, medición y mejora.
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Del espejo a la empresa
La llamada “regla del espejo” que Marco Santelices comparte parte de una acción personal: mirarse antes de comenzar el día y asumir una actitud de preparación.
Su traslado al mundo empresarial plantea una idea sencilla: la forma en que una persona se relaciona con su propio trabajo termina influyendo en la manera en que construye su negocio.
Pero para que esa idea tenga consecuencias empresariales, debe superar el terreno de la actitud.
El profesionalismo necesita expresarse en decisiones. La calidad debe aparecer en procesos. La atención debe observarse en la experiencia del cliente. Y la reputación debe construirse a partir de la consistencia entre lo que una empresa promete y lo que efectivamente entrega.
Ese planteamiento también coincide con la lógica de los sistemas contemporáneos de gestión de calidad, donde el enfoque al cliente, la participación de las personas, los procesos y la mejora continua forman parte de una estructura destinada a generar resultados consistentes.
Para un emprendedor, la reflexión puede comenzar frente al espejo, pero su verdadera prueba está afuera: en el producto que entrega, en el servicio que ofrece y en la experiencia que deja en cada cliente.
La imagen abre la puerta. La calidad decide qué ocurre después.